¡¡No a la guerra!!

Originalmente, este post se iba a llamar “Avivar el espíritu de mis compatriotas”, una frase tomada del prólogo del libro A sangre y fuego del periodista español Manuel Chaves Nogales.  En el prólogo, Chaves cuenta: “ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando períodicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo”.  Tal vez peco de inocente al compararme con uno de los periodistas y escritores españoles más reconocidos del siglo XX, pero yo también me hago la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas por medio de lo que publico en este blog.  Ustedes me dirán :).

A Chaves Nogales le tocó vivir, sufrir y narrar desde su profesión de periodista uno de los conflictos armados más crueles que ha conocido la historia: La guerra civil española.  Según él, en España se enfrentaron dos fuerzas ajenas al país, dos ideologías foráneas, ambas prepotentes y ambiciosas, que utilizaron el suelo español para medir sus fuerzas: El nazismo y fascismo contra el comunismo.  Hitler y Mussolini contra Stalin.  Y en medio, el pueblo español, cuyo dolor y sufrimiento Chaves Nogales relata de forma magistral en los nueve relatos que contiene el libro.  Nueve obras de arte (diez contando el prólogo) en las cuales puede verse la barbarie, la irracionalidad, el sufrimiento y el odio que provocan las guerras.  De heroísmo y valentía queda poco de las guerras, por más que traten de hacernos creer lo contrario.  Una vez estas han terminado quedan en las personas y en las sociedades terribles heridas que tardan mucho tiempo en cicatrizar y sanar.

En Guatemala aún no han cicatrizado las heridas de los 36 años de guerra interna que vivió el país, tal vez porque aún no se han resuelto muchos de los problemas que dieron origen al conflicto.  Muchos de nosotros tuvimos la dicha de no sufrir de forma directa esta guerra, pero no debemos cometer el error de ignorar una parte tan importante de nuestra historia.

Así que, como se habrán dado cuenta, en esta ocasión quiero hacerme la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas para que éste sea un espíritu de paz.  En estos momentos en que los tambores de guerra suenan fuerte en el mundo, no me queda más que pedirles a todos que digamos ¡¡No a la guerra!!  ¡¡Si a la paz y al diálogo!!  Me atrevo a hacer esta petición convencido de que los conflictos y las guerras deben resolverse con diálogo y logrando acuerdos que lleven a la paz.  Me identifico con Miguel de Unamuno cuando dice en su ensayo Mi religión: “Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana.”  Y entiendo que, en los Evangelios, Jesús nos pide que busquemos y luchemos por la paz, por el amor y por la justicia.  De qué otra forma podría entender lo que nos enseña en varios pasajes de Mateo 5: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”, “No resistáis al malo, antes al que te golpee en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra.”, “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os maltratan y persiguen.” Y concluye pidiéndonos: “Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Paz.

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